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Siendo Invisibles III



Este mezcal no sabe a nada, dijo ella después de empinarse el caballito de cinco onzas de un solo esfuerzo. Pagó lo correspondiente y bajó las escaleras del bar sin ningún cuidado. Llegó a la puerta de salida, la empujó y vió que la lluvia no había demorado en llegar a la ciudad. 

⎯Otra vez me voy a mojar⎯ refunfuñó y salió de aquel local en la zona centro de la ciudad.

En la parada del camión había sólo dos personas: un hombre de su misma edad y una anciana temerosa que con la mirada la acusaba tanto a ella como al sujeto silencioso. Se sentó en uno de los espacios vacíos a esperar la ruta correspondiente. 
Diez minutos más tarde el camión llegó y ella seguía mojada hasta los interiores, y el camión chocaba en los topes por lo lleno que iba. Ella no puso excusa y subió. La anciana reclamó ir primero para no ir colgada de la puerta; sin ánimo aceptó ser la portera del camión en las siguientes paradas.

El viento en su cara chocaba con cierta vitalidad. No olvida que aquel hombre en la parada del camión decidió esperar antes que compartir el último escalón con ella. En gran medida se sentía feliz por ello, aunque, un poco más de adrenalina en el regreso a casa le hubiera gustado. 

Esa noche el llegar a casa le pareció inútil, habría preferido acompañar al chofer hasta la última vuelta y haber fungido de copilota; pero la ciudad es un escenario peligroso, y más para las mujeres a esas horas de la noche. 

Olvidó cerrar la ventana y el baño, la sala-comedor, la cocina, la recámara, tenían pequeños charcos donde nadaban hojas del árbol vecino. No se apresuró en limpiar, ni en secar aquellas lagunas. Caminó hasta su cama y se sentó, resopló, suspiró, se sacudió el cabello, se desabrochó el sostén, tiro los pantalones y los zapatos, entró en la cocina y sacó un recipiente del refri: una empanada de pollo con papa, la calentó y la comió. 

El día había sido largo y las ganas de dormir eran inestables, presentía pendientes para el otro día, pero imposible recordar cuáles eran. 
Dejó la ropa mojada esparcida por el departamento y se fue a dormir sin ninguna prisa.

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