Las gotas de la lluvia resbalan por su cara. No ha contado el tiempo que lleva sentado en la espera del camión que lo lleve a casa. Aunque, en el tiempo que estuvo hasta ahora han pasado cerca de cinco, quizá siete camiones. Ninguno iba para su ruta o ninguno lo convencía lo suficiente. Quizá ninguno vió y está perdido en la sensación de la lluvia sobre su rostro.
Hoy no fue un día sencillo, mucha gente, mucho ruido, muchos papeles, juntas, estrés y no había probado más bocado que un cuernito relleno de jamón y queso con un café americano. Nunca ha sido un hombre de deseos exquisitos y mucho menos un hombre de interés en el buen comer, hace ejercicio, pretende comer frutas y verduras, pero nada excesivo.
Mientras pensaba en todos los malestares de su día y probablemente de su vida, una señora de la tercera edad se postró frente a él a esperar el camión. Tampoco la percibió, tenía su mirada cuesta arriba en una posición de 45°, como queriendo ser resbaladilla para las gotas de la lluvia… o sus lágrimas.
La señora lo miraba a él como si lo acusara de robarse el espacio de su preferencia para sentarse. Él, de nueva cuenta, ignoró todo a su alrededor. Pocos minutos después llegó una chica a la cual no prestó atención; sin embargo, como ella llegó hablando su cabeza volteó por inercia y la miró sin atención, sólo por reacción.
La chica se percató de él, de la anciana y del tiempo que yacían esperando. Un instante más tarde, el camión se detenía una vez más justo enfrente de él. Ninguna persona descendía, pero la chica y la anciana subieron. El camión esperó unos segundos porque el hombre bajó la mirada, pero lo hizo porque sintió la mirada de la chica la cual miraba con la misma importancia con que se mira una hoja seca en el suelo. El conductor cerró la puerta y este partió sin aquel varón.
Sin consuelo en medio de la noche y empapado hasta el alma, sujetó con la mano derecha su maletín, se puso de pie de inmediato y empezó a caminar en silencio. Pocos carros pasaban a su lado sobre la calle, pero él parecía caminar en un mundo solitario donde nada más existía él, la luna y la ciudad. No había sentido suficiente para su existencia.
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