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El año olvidado. (Primera parte)


Tlacuache Urbano


Corría la tarde por las calles desoladas de la ciudad. El naranja del cielo reflejado por los adoquines del piso anunciaba el fin de la jornada. En el viento frío danzaban las hojas secas que habían renunciado a la inmovilidad de la rama, para descubrir el mundo por su propia cuenta, siguiendo patrones circulares. El silencio a veces era interrumpido por el sonido del aire y el arrastre continuo de las hojas.

 

La biblioteca estaba por cerrar. Desde que en el año 2068 se había publicado el último tiraje de libros impresos en papel, el número de bibliotecas existentes en todo el mundo había disminuido. Las restantes eran vestigios de las prácticas investigativas de antaño. Si bien todos los libros habían sido digitalizados, Enzo había heredado la bibliofilia de su abuela, una coleccionista empedernida de libros clásicos. Cuando era un niño, pasaba las noches hojeando cautelosamente las obras de los griegos. Difícilmente las entendía, pero el enigma que encerraban para su mente pueril lo mantenían en vilo.

 

Algo había en ese santuario bibliográfico que lo inducía al sosiego. El olor de los libros viejos, las encuadernaciones de cuero, la suaves caricias al papel. Ese día se encontraba en la hemeroteca, una bóveda ubicada en el subsuelo del edificio. Para poder consultar los documentos era necesario utilizar guantes de algodón y unas delicadas pinzas de acero. Tenía una fascinación por la vida cotidiana de los años pretéritos. Durante todas las vacaciones había estado leyendo los titulares de la década de 2010 y 2020. 

 

Cuando se disponía a acomodar el fajo de periódicos en el archivo correspondiente, descubrió que habían dos hojas fechadas el 21 de noviembre de 2020, pero una caía en miércoles y la otra en jueves. El del miércoles tenía un diseño alarmantemente diferente al de todos los demás: la tipografía era diferente, al igual que el gramaje del papel, además, no tenía impreso el sello característico de la biblioteca en la esquina superior derecha.

 

Faltaban cinco minutos para el cierre. Por las bocinas que se ocultaban en las esquinas de todo el edificio se sugirió que los visitantes comenzaran a acomodar los textos consultados. Enzo miró hacia las cámaras y verificó que ningún guardia se encontrara cerca. Con nerviosismo dobló la hoja y la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón, casi automáticamente. Acomodó los periódicos con cuidado y se dirigió a la entrada para recoger sus cosas. Después abandonó el lugar.

 

Llegando a casa prendió su ordenador  y buscó en los registros de la biblioteca digital universal el periódico del miércoles 21 de noviembre de 2020, pero fue inútil. No había ningún documento que coincidiera con esa fecha. Intrigado preguntó en algunos foros sobre historia y bibliotecología por el periódico de ese día, pero nadie le ofreció una respuesta satisfactoria.

 

Transcurrieron algunos días sin ninguna actualización, hasta que un usuario publicó una serie de números sin sentido aparente: ¡eran coordenadas! Las anotó rápidamente y las ingresó en el buscador. Conducían a una mansión lujosa que se encontraba en una diminuta isla oculta en el Atlántico Sur, posiblemente se trataba de una broma. Enzo se desanimó y se tumbó en la cama pensando en el posible origen de la hoja.

 

Pasaron algunos minutos en completo silencio hasta que escuchó el timbre de una notificación proveniente de la computadora. Se levantó inmediatamente y revisó el mensaje. El usuario que había escrito la coordenada le envió un mensaje privado. «Yo  te puedo dar información sobre ese día. Ven a mi casa.» Le pareció un disparate, dado que para llegar a esa isla necesitaría demasiados créditos con los que no contaba. 

 

Pronto le llegó otra notificación, esta vez era un correo electrónico con instrucciones muy específicas. Debía acudir solo a un punto desolado de la ciudad en la que se encontraba. Para ello necesitaría tomar un autobús que lo llevaría hasta allí. Los boletos ya se habían comprado a su nombre. El misticismo que se generaba en torno a la propuesta lo motivó a aceptarla. El viaje iniciaría en tres días.

 

Preparó su equipaje. En una pequeña bolsa de viaje de color naranja metió algunas playeras de manga corta, shorts, tenis deportivos y algunas rompevientos. Dejó encargado a su gato con su vecina de enfrente, junto con el suministro de comida necesario para que lo alimentara durante su ausencia. También le dejó su número de teléfono por si ocurría alguna emergencia.

 

Cuando llegó a la parada de autobuses se sintió algo inseguro, tuvo la necesidad de volver a casa. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse del autobús que debía tomar.

 

—¡Joven Enzo, por aquí!

 

Enzo vio a un hombre de aproximadamente 40 años. Medía más de 1.85 metros, tenía el cabello corto de color negro y una tupida barba en la que se entremezclaban algunas canas. Iba vestido con un traje marrón a la medida, debajo del saco se observaba un suéter celeste. Se acercó a él corriendo y le tendió la mano.

 

—Me alegra conocerlo, el capitán Nathaniel ha estado esperando con ansias su visita. Sígame por favor, lo llevaré a su autobús

 

Enzo lo siguió mientras en su cabeza se generaba una gran cantidad de preguntas que se amontonaban desordenadamente. Caminaron algunos metros en silencio mientras la idea de escapar rondaba entre esos pensamientos. Al final renunció a ella, pues su curiosidad aumentaba cada vez más. ¿Quién era el capitán Nathaniel, acaso era algún tipo de pirata cibernético que poesía documentos secretos del gobierno? No, tal vez solo era un millonario excéntrico que no sabía cómo gastar su dinero.

 

Cuando llegaron al autobús Enzo se sorprendió. Era un autobús plateado de 17 metros de longitud. No podía ver el interior porque las ventanas eran cubiertas con persianas negras. Antes de entrar le solicitaron los boletos que habían sido enviados a su correo electrónico. Cuando entró su asombro creció, el piso del autobús era de madera barnizada, un asiento infinito de cuero se extendía por los costados. En el techo del vehículo habían luces neón de color azul, en el fondo, había una especie de bar con algunas copas y una gran cantidad de botellas. Entró el hombre que lo había llevado.

 

—Mi nombre es André, lamento no haberme presentado antes, pero no podemos exponernos. Podemos marcharnos —le gritó al conductor—. 

 

—¿Nadie más viajará con nosotros? —preguntó Enzo.

 

—No, el capitán Nathaniel especificó que fuéramos lo más discretos posibles.

 

—¿Este autobús le parece discreto?

 

—Sus demás vehículos no estaban disponibles —contestó con una mirada indiferente—. En fin, puedes beber y comer todo lo que quieras. Llegaremos al punto de encuentro en cuatro horas.

 

—Solo beberé un poco de agua. 

 

—El capitán también me dijo que le entregara esto.

 

Tomó un maletín que se encontraba en el asiento y se lo entregó. Parecía estar cubierto por piel de serpiente gris con algunos rombos negros. Enzo lo tomó con desagrado.

 

—Es sintética, no se alarme.

 

André se dirigió al asiento del copiloto que se encontraba enfrente. Cuando Enzo se aseguró de que estaba solo, abrió el maletín. Por dentro estaba forrado de terciopelo negro. Contenía una carta amarilla que decía más o menos lo siguiente: 

 

Creía que nunca nadie preguntaría sobre el año 2020, estoy ansioso por contarte todo lo que sé. ¡Sabía que algún día esto iba a pasar! Por nuestra seguridad tendrás que entregar todos tus dispositivos electrónicos a André cuando bajes del autobús, todo estará seguro. La hoja de atrás tiene información que te será útil. No confíes en nadie además de André, nos veremos pronto.

 

Capitán Nathaniel.

 

Enzo estimaba que faltaba menos de media hora para llegar a su destino. 

 

—Joven Enzo, tenemos que detenernos, inteligencia me comunicó que algunos vehículos del gobierno nos vienen siguiendo y pronto nos alcanzaran.

 

—¡Qué! ¿Por qué nos sigue el gobierno?

 

—No hay tiempo para responder preguntas, sígame.

 

El autobús se detuvo. Primero bajó Enzo; André se demoró algunos segundos, al parecer le dio algunas instrucciones al conductor. El autobús siguió su ruta sin ellos. Estaban en una carretera alejada de la ciudad, rodeada únicamente por árboles y montañas a lo lejos. No había ningún rastro de civilización. La temperatura había bajado mucho esa noche. André le pidió que se ocultaran detrás de unos arbustos. Al cabo de unos minutos pasaron tres camionetas negras a toda velocidad. En las puertas se vislumbraba el escudo del gobierno nacional. 

 

André le dio su saco a Enzo, quien temblaba por el frío. Tuvieron que pasar algunos minutos hasta que un auto pequeño pasó a recogerlos. André le dijo que subieran y continuaron su camino. Tenía un aspecto muy distinto al del autobús: los asientos estaban descarapelados, olía a polvo y solo cabían cuatro personas. Por fuera la pintura que alguna vez había sido azul, estaba opaca y había perdido el brillo. 

 

—¡El maletín! Lo dejé en el autobús —dijo Enzo preocupado.

 

—No hay problema, pude sacar la carta antes de bajar, tenga más cuidado la próxima ocasión.

 

Le entregó la hoja y continuaron avanzando en silencio hasta que finalmente llegaron a un acantilado donde terminaba el camino. Había un avión ligero muy modesto esperándolos. 

 

—Llegaremos al amanecer, le recomiendo que duerma un poco.


[Segunda parte]

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