Se encrespan los labios como persiguiendo algo. Su cuerpo, su pezón, sus labios. El sueño es complicado y atesoro, quizá, cada cosa que ha dejado. Su recuerdo dibuja profundos cielos en mis brazos, tan vastos y suficientes para agrandar el espacio que nunca habitamos. Pronuncio sílabas con relación a su nombre: Ma… So… Va... , todos son inicios, pero ninguno se acerca a más. Me falla la memoria o la boca.
Percibo el olor de la tierra mojada por la lluvia que azota afuera con tremenda amargura. Veo la luz y comienzo a contar los segundos. Dicen que si se pasa de los cuatro segundos hace lejos el aterrizaje del trueno, además, no hay mejor manera para agotar el tiempo. No tengo interés en dormir y la ausencia de luz en el departamento y la calle limita mis deseos por escuchar música. Siempre fui fan de The Doors y ahorita se me antoja “Riders on the storm”.
Por la ventana se alcanzan a ver los ríos de agua correr: unas cuantas parejas esconderse en algún pedazo de techo sólido porque no se quieren mojar y buscan convertir su beso en algo romántico. El deseo de los enamorados siempre luce como una bengala aún en la noche obscura.
Nadie discute más en presencia de la lluvia que yo; a lo mejor, porque estoy solo y no hay quien me diga: ponte un suéter, ¡ten, hice café!, se hizo de noche. Sin duda, me gusta hablar con la lluvia porque parece me escucha y quiere decirme: ¡serás tonto! Tú siempre has estado solo. No es algo que me guste escuchar, pero es necesario.
Abrazo una almohada y guardo silencio. Las voces de algunos vecinos se escuchan a través del agua. Con que ellos tienen miedo de que se filtre la lluvia, hay que prevenir con tiempo, no en la noche del efluvio colosal.
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