⎯Se complican los días y la presencia o ausencia de los aledaños poco importa. Las gentes de mi alrededor no comprenden que los silencios largos son, especialmente, para alejarlos. Se han empeñado tanto en provocar la convivencia que respondo con frecuencia y ya sin ninguna mueca; me han adiestrado, han logrado que reaccione al estímulo frágil de su saludo. He fallado a cada oración que promulgué en contra de hacer amigos. Ellos no lo saben.
《Camino con sigilo por el pasillo que se extiende como un acertijo. Cinco puertas disponibles y dos cerradas. Este pasillo es parte de mi casa, pero de una casa que descuidé por la soledad entregada por la muerte. Cuento los pasos que dejó la silueta de la otra persona que aquí habitaba, sin embargo, todos los retratos han cerrado los ojos, y sus bocas las han ahogado en un grito amargo que quebró sus cuerdas vocales.
《Entro en la puerta única al final del pasillo. En silencio abro la ventana y el olor a cigarro de los vecinos de a lado entra sin descuido por las cortinas. Debería existir una regla que no te permita fumar cerca de una ventana abierta, deberían de encerrarse con su deseo sucio, para solo ensuciarse entre ellos. Pero a los humanos les (nos) resulta perjudicial pensar en alguien que no sean (seamos) ellos (nosotros) mismos.
《Echo un vistazo normal afuera. Cuánto tiempo que no he revisado ni una sola vez la correspondencia, podrían pensar que he muerto. El cartero no ha visto mi rostro para saber que aún se inflan las fosas nasales como señal de que aún respiro, tampoco ha podido sentir mi mirada que lo acusa de estar vivo, porque siempre he odiado a los carteros con su silbato que anuncia su llegada. Pero, es cierto, no hay nada interesante en el buzón; sólo papeles de papá y mamá seguro, cartas demasiado viejas. Ya están muertos y mi correspondencia también.
《Será mejor que vaya por algo de comer. La frialdad de esta habitación comienza a desbaratar mis labios y aún me falta leer una obra completa de Shakespeare, mañana necesito escribir mi crítica de la obra de hace dos semanas: Las alegres comadres de Windsor. Demasiada exageración en el escenario, además, de ser yo la única asistente de medios. Nadie se animó a tan grotesco evento.
《Qué se me antoja comer, quizá un poco de pan con carne y queso: ¡demasiado pretencioso! Será mejor que compre algo sencillo, un par de botellas para acompañar y un nuevo lápiz… Una caja entera de lápices, una botella de tequila y un poco de sushi de queso con carne: todos los deseos cumplidos.
Afuera llovía con fuerza y las gotas marcaban eco en cada callejón que ella cruzaba. Pocas personas caminaban a lo largo de la acera. Dos cuadras eran la distancia entre su casa y el restaurante japonés que ella disfrutaba. Podría caminar con los ojos cerrados y aún así llegar sin perderse. No solo escribía agilmente, también había fortalecido su memoria.
Siendo ella en la soledad de la noche sintió la presencia latente de un recuerdo. Una sonrisa lo suficiente clara, entre unos labios bastante carnosos. Le pareció atractivo aquél recuerdo; aunque, no se preocupó más. Siguió adelante por la puerta de madera que establecía frontera con el mundo exterior. La cerró de golpe, dejó sus tenis a un costado de la puerta y caminó a la habitación. Se deshizo de la ropa mojada. Se puso cómoda, abrió el tequila por encima de la comida. Había olvidado la sensación en el estómago y bebió un ligero sorbo. Necesitaba calentar su esófago antes, pues padeció un poco de frío al salir.
Comenzó con gran entusiasmo. La comida pasó sin prisa pero con velocidad por su boca. Por otro lado, sí pasó con prisa y cero turbulencia por su lengua. Ella sabía y disfrutaba del alcohol desde joven. Siempre fue persecutora de los mejores licores de la región. Aunque, no era una afición que compartiera con nadie, según sus recuerdos.
Un grito con un nombre varonil se ahogó en su garganta. El alcohol la dejó con incapacidad del habla y no comprendió, siquiera en su pensamiento, la corriente de la sílaba tónica que estaba por pronunciar como un movimiento involuntario. Son las tres de la madrugada y dos botellas vacías encierran sus deseos literarios dentro. Su aliento alcoholizado perfuma la habitación mientras la obra de Shakespeare va cobija abajo por un extremo de la cama. No cumplió con sus quehaceres nocturnos. Ya no importan.
Ahora, las estrellas rayan el cielo como las piedras el concreto y dibujan siluetas infinitas: nunca se sabe dónde acaban.
Ha amanecido ya y la prisa le entorpece los pies que no pueden hallar zapato rápido. Medio se puso el pantalón, seleccionó una blusa que seguramente no estaba del todo limpia. La bolsa la sujetó como la encontró sin verificar lo que había dentro. Tarde era cuando se dio cuenta que no llevaba más de $50 pesos. No le importa con tal de llegar a tiempo para el seminario en el Instituto, el único lugar al que siempre corría por llegar.
El día de hoy se hace una ponencia sobre el crecimiento de la literatura mexicana haciendo un recorrido por las poetisas más sobresalientes. Ella se ha esforzado en exprimir ese apartado, ha aprendido de memoria un poema de Elva Macías y siempre que tiene que hablar piensa en una manera de construir una cita a partir de ese poema.
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