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El péndulo, de Ray Bradbury. (Traducción - Tercera y última parte).


[Primera parte]          [Segunda parte]

Pero un día, mientras Layeville miraba hacia la ciudad y a su gente desdibujada por el continuo movimiento, percibió que un enjambre de oscuridad se extendía por los cielos. Los cohetes espaciales de la ciudad que cruzaban el cielo sobre pilares de fuego escarlata, se lanzaron indefensos y asustados en busca de un refugio. La gente corrió como agua salpicada en azulejos, mientras emitía gritos silenciosos. Las criaturas alienígenas revolotearon hacia abajo: prominentes masas gelatinosas de color negro absorbieron la vida de todos. Se agruparon densamente sobre todo, resplandecieron por un momento sobre el péndulo y su cuerpo que yacía arriba; sobre los engranes giratorios y las entrañas rugientes de la criatura metálica que alguna vez había sido una Máquina del Tiempo. Después de una hora se alejaron por el horizonte para nunca más volver. La ciudad estaba muerta.

Arriba y abajo, Layeville continuó su viaje hacia ninguna parte en su prisión, con una extraña sonrisa grabada en su rostro. En una semana, o tal vez más –él lo sabía– sería el único hombre vivo en la Tierra.

La fatuidad ardió dentro de él. ¡Ésta fue su victoria! ¡Antes, los otros hombres habían concebido el péndulo como una prisión, pero ahora se había convertido en un asilo que lo protegía de la aniquilación!

Día tras día, los robots seguían viniendo, trabajaron sin ser interrumpidos por la visita de la horda negra. Venían cada semana, traían comida, retocaban, verificaban, engrasaban, limpiaban. Arriba y abajo, atrás y adelante ... ¡EL PÉNDULO!

...... mil años debieron haber pasado antes de que el cielo volviera a mostrar señales de vida sobre la Tierra muerta. De las nubes cayó humeando una bala plateada que se cernió sobre la ciudad vacía, en la que solo unos pocos robots solitarios realizaban sus tareas. Al anochecer brillaban las luces de la metrópoli. Aparecieron otros autómatas sobre las rampas como arañas en sus telas retorcidas; correteando, inspeccionando, engrasando, trabajando de la única forma mecánica que conocían.

Finalmente, las criaturas del proyectil alienígena encontraron el mecanismo del tiempo: el péndulo que se balanceaba de arriba hacia abajo, adelante y atrás, arriba y abajo. Los robots aún lo cuidaban, lo aceitaban, lo retocaban.

Durante millones de años se había balanceado el péndulo. El disco redondo de la parte inferior estaba fabricado con cristal. Ahora, cuando los robots deslizaban la comida a través del tubo, ésta permanecía intacta. Más tarde, cuando el tubo bajó y limpió la celda, se llevó la comida que habían dejado antes.

Atrás y adelante ... arriba y abajo.

Los visitantes vieron algo adentro del péndulo. La cara de una calavera blanquecina estaba presionada estrechamente contra el lado de la celda de cristal. Un rostro esquelético que apuntaba hacia la ciudad con sus cuencas vacías y una sonrisa enigmática sin labios que ocultaba sus dientes.

Atrás y adelante ... arriba y abajo.

Los extraños del vacío detuvieron el péndulo en su curso, se dejó de balancear y abrieron la celda de cristal, dejando al descubierto el esqueleto. Aún bajo la reluciente luz de las estrellas, la cara del cráneo mantenía esa extraña sonrisa, como si supiera que había conquistado algo. Había conquistado el tiempo.

El Prisionero del Tiempo, Layeville, efectivamente había viajado a lo largo de los siglos.

Y el viaje estaba llegando a su fin.

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