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El péndulo, de Ray Bradbury. (Traducción - Primera parte).


Futura Fantasia fue una revista americana de ciencia ficción autoeditada por Ray Bradbury en 1938, cuando tenía 18 años. Solo fueron publicados cuatro números. La traducción aquí presentada se publicó en el segundo número de la revista en una sola entrega, por cuestiones de espacio será publicada en tres partes.

El péndulo, Ray Bradbury

Traducción de Tlacuache Urbano

Arriba y abajo, atrás y adelante, arriba y abajo. Primero, el vuelo rápido hacia el cielo, ralentizando gradualmente, alcanzando el pináculo de la curva, equilibrándose por un momento. Después, vuelve centellando hacia la tierra cada vez más rápido con nauseabunda velocidad, alcanza el fondo y se lanza por el aire hacia el lado opuesto. Arriba y abajo. Atrás y adelante. Arriba y abajo.

Cuánto tiempo había permanecido en ese estado, Layeville no lo sabía. Pudieron haber sido millones de años los que permaneció ahí retenido. Sentado en el masivo péndulo de cristal, miraba la punta del mundo de una y de otra forma: arriba y abajo, vertiginosamente frente a sus ojos hasta que le dolían. Desde el principio lo habían encerrado en la cabeza redonda de cristal del péndulo y lo columpiaron como si el movimiento nunca se hubiese detenido o cambiado. Con movimientos continuos, monótonos, se desplazaba por encima y por debajo del suelo. Este péndulo era tan grande que cubría con su sombra 30 metros, o tal vez más, con cada majestuoso balanceo de su reluciente figura. Colgaba de los intestinos metálicos de la brillante máquina encima de él. Demoraba tres o cuatro segundos en atravesar el camino de 30 metros en una dirección, tres o cuatro segundos para regresar. 

¡EL PRISIONERO DEL TIEMPO! Así era como ellos lo llamaban ahora, encadenado a la misma máquina que él había planeado y construido. ¡Un – pri – ion – ero ––– del ––– tiem ––– po! ¡Un ––– pri — sio — ne — ro — del — Tiem — po! Con cada oscilación del péndulo, las palabras hacían eco en sus pensamientos; siempre de esa forma, hasta que se volvió loco. Trató de enfocar su mirada en la cálida curvatura de la tierra, mientras pasaba por debajo de ella.

Se habían reído de él hace unos días. ¿O había sido hace una semana? ¿Un mes? ¿Un año? No lo recordaba. El lanzamiento incesante le había provocado una dolorosa confusión. Se habían reído cuando dijo, algún tiempo atrás, que podría unir brechas temporales y viajar hacia el futuro. Había diseñado una máquina inmensa que le permitía deformar el espacio, había invitado a 30 de los científicos más brillantes del mundo para que le ayudasen a concluir su colosal intento de rasguñar el muro del tiempo futuro.

La hora del accidente volvió a él, a través de la memoria opacada: la exhibición de la máquina del tiempo al público. ¡El momento exacto en el que se paró sobre la plataforma acompañado por los 30 científicos y accionó el interruptor principal! ¡Los científicos, todos ellos, se desvanecieron en cenizas provocadas por llamaradas eléctricas salvajes! ¡Frente a los ojos de dos millones de testigos quienes habían acudido al laboratorio o encendido el televisor en sus hogares! ¡Había asesinado a los científicos más sobresalientes del mundo! Recordó el momento horrífico de conmoción que precedió. Algo radicalmente incorrecto le había ocurrido a la máquina. Él, Layeville, el inventor de la máquina, se había tambaleado hacia atrás con su ropa flameando y consumiéndose sobre él. No había tiempo para dar explicaciones. Después se hundió en la lobreguez del dolor y la derrota entumecedora.

 Arrastrado a un juicio apresurado, Layeville enfrentó multitudes enardecidas que exigían su muerte. «¡Destruyan la máquina del tiempo!», exclamaban. «¡Y destruyan a este ASESINO con ella!». ¡Asesino! Y él que había intentado ayudar a la humanidad. Ésta era su recompensa.

Un hombre saltó a la plataforma del tribunal durante el juicio gritando: «¡No, no destruyan la máquina! ¡Tengo un mejor plan! ¡Un castigo para este ... este hombre!». Su dedo apuntó hacia Layeville; al lugar donde el inventor se encontraba sentado con la cara demacrada y sin afeitar, sus ojos se humedecieron. «¡Debemos reconstruir su máquina, tomar sus preciosos metales y erigir un monumento a su masacre! ¡Lo pondremos en exhibición por el resto de su vida, dentro de su artefacto de destrucción!». La aprobación de la muchedumbre rugió como un trueno que sacudía la sala del tribunal.                                                                              

                                                                                                               [Segunda parte]

Fuente:

Bradbury, R. (1939, fall). The pendulum. Futuria Fantasia, 12-15.

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