Luego, resistiéndose, pasó días en prisión, meses. Finalmente, conducido por la cálida luz del sol, fue llevado en un pequeño auto cohete al centro de la ciudad. El impacto de lo que vio a continuación lo trajo de nuevo a la realidad. ELLOS habían reconstruido su máquina en un imponente reloj con un péndulo. Se tambaleó hacia delante, impulsado por las manos que lo empujaban, escuchando el rugido de miles de voces condenándolo. Lo empujaron dentro de la cabeza transparente del péndulo y lo aseguraron fuertemente con soldaduras.
Después balancearon el péndulo y retrocedieron. Lentamente, muy lentamente, se balanceó hacia atrás y hacia adelante, aumentando gradualmente su velocidad. Layeville había golpeado inútilmente el cristal mientras gritaba. Las caras se hicieron borrosas, ahora solo eran manchas rosadas rasgadas frente a él.
Nunca detuvieron el péndulo, ni una sola vez. En vez de dejarlo comer tranquilo, deslizaron la comida por el tallo del péndulo a través de un tubo especial, en pequeñas parcelas redondas que dejaban caer a sus pies de mala gana. La primera vez que intentó comer fracasó, la comida no permanecería en su lugar. En un instante de desesperación martilló el frío cristal con sus puños hasta que sangraron, llorando con voz ronca, pero no pudo escuchar nada más que su propia debilidad; las palabras destrozadas por el miedo amortiguaron sus oídos.
Después de haber transcurrido algún tiempo pudo comer, incluso dormir, mientras viajaba de una lado a otro. En la base del péndulo colocaron pequeñas argollas de cristal y le proporcionaron cintas de cuero con las que se ataba durante la noche, y así dormía silenciosamente sin deslizarse.
A menudo pensaba en ese título. Dios, pero que irónico era; que él hubiera inventado una máquina del tiempo que después se habría convertido en un reloj, y que él, en su péndulo, contara los años viajando con el Tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario