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El péndulo, de Ray Bradbury. (Traducción - Segunda parte).


 [Primera parte]

Luego, resistiéndose, pasó días en prisión, meses. Finalmente, conducido por la cálida luz del sol, fue llevado en un pequeño auto cohete al centro de la ciudad. El impacto de lo que vio a continuación lo trajo de nuevo a la realidad. ELLOS habían reconstruido su máquina en un imponente reloj con un péndulo. Se tambaleó hacia delante, impulsado por las manos que lo empujaban, escuchando el rugido de miles de voces condenándolo. Lo empujaron dentro de la cabeza transparente del péndulo y lo aseguraron fuertemente con soldaduras.

Después balancearon el péndulo y retrocedieron. Lentamente, muy lentamente, se balanceó hacia atrás y hacia adelante, aumentando gradualmente su velocidad. Layeville había golpeado inútilmente el cristal mientras gritaba. Las caras se hicieron borrosas, ahora solo eran manchas rosadas rasgadas frente a él.

Una y otra vez así ... ¿por cuánto tiempo?

Al principio no le había importado demasiado, esa primera noche. No podía dormir, pero no le resultaba incómodo. Las luces de la ciudad eran cometas cuyas colas eran expulsadas de derecha a izquierda como espumosos fuegos artificiales. A medida que avanzaba la noche sintió una punzada en el estómago que después empeoró. Se puso muy enfermo y vomitó. Al día siguiente no pudo comer nada.

Nunca detuvieron el péndulo, ni una sola vez. En vez de dejarlo comer tranquilo, deslizaron la comida por el tallo del péndulo a través de un tubo especial, en pequeñas parcelas redondas que dejaban caer a sus pies de mala gana. La primera vez que intentó comer fracasó, la comida no permanecería en su lugar. En un instante de desesperación martilló el frío cristal con sus puños hasta que sangraron, llorando con voz ronca, pero no pudo escuchar nada más que su propia debilidad; las palabras destrozadas por el miedo amortiguaron sus oídos.

Después de haber transcurrido algún tiempo pudo comer, incluso dormir, mientras viajaba de una lado a otro. En la base del péndulo colocaron pequeñas argollas de cristal y le proporcionaron cintas de cuero con las que se ataba durante la noche, y así dormía silenciosamente sin deslizarse.

La gente acudía a verlo. Sus ojos se acostumbraron al vuelo rápido y siguió sus caras impresas de curiosidad. Primero, las veía cerca por el medio, después muy lejos por la derecha, de nuevo en medio, y después hacia la izquierda.

Vio los rostros boquiabiertos pronunciando palabras mudas, riendo y señalando al prisionero del tiempo que viajaba por siempre hacia ningún lugar. Después de un tiempo, la gente del pueblo desapareció y solo eran los turistas quienes venían y leían el letrero que decía: ¡ÉSTE ES EL PRISIONERO DEL TIEMPO, JOHN LAYEVILLE, QUIEN MATÓ A 30 DE LOS MEJORES CIENTÍFICOS DEL MUNDO! Los estudiantes se detenían un momento en la acera eléctrica en movimiento para contemplarlo con asombro infantil. ¡EL PRISIONERO DEL TIEMPO!

A menudo pensaba en ese título. Dios, pero que irónico era; que él hubiera inventado una máquina del tiempo que después se habría convertido en un reloj, y que él, en su péndulo, contara los años viajando con el Tiempo.

No podía recordar cuánto tiempo había pasado. Los días y las noches corrían juntos en su memoria. Sus mejillas sin afeitar habían sido cubiertas por una barba corta que poco después dejó de crecer. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo?

Una vez al día enviaban un tubo, después de que terminaba de comer, y aspiraban la celda para eliminar todos los desechos. De vez en cuando le enviaban un libro, pero eso era todo. Ahora los robots se encargaban de él. Evidentemente los humanos pensaron que era una pérdida de tiempo molestarse con su prisionero. Los robots traían la comida, limpiaban la celda, aceitaban la maquinaria: trabajaban incansablemente desde el amanecer hasta que el sol enrojecido partía por el oeste. A este ritmo podrían continuar durante siglos.

                                                                                                                 [Tercera parte]

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