a Margaret Atwood y Yoko Ogawa
No hay nada en concreto que hacer. He salido a la calle para despejarme un poco, pero no hay mucho que hacer.
He preguntado a todas las personas posibles, sin embargo, cada vez responden de forma más cansada, fastidiadas por mi insistencia. No hay dudas: dios sí está muerto.
Hace un par de semanas salió la noticia en todos los medios. Un grupo conservador había tomado posesión de una de las más importantes iglesias en el mundo. Empero, muchos otros grupos se vieron motivados a lo mismo en distintas partes de la Tierra. Pero, cuando el gobierno mundial se había decidido a actuar, un acto llenó de silencio al mundo por unos segundos... el papa se suicido. De forma consecutiva, los seguidores del clero ardieron en llamas con las distintas iglesias hurtadas.
Todos los hechos coincidían en la frase que coronaba el evento: ¿Dónde está dios? Sin embargo, a diferencia de lo esperado, el hecho fue ignorado por la humanidad.
Un par de semanas más tarde, salió del mismo aparato burocrático una iniciativa de reestructuración de los espacios religiosos. Podría abogar que ese fue el adiós definitivo a dios desde todos los ámbitos, o por lo menos el comienzo de la despedida.
Hasta ahora, tres meses después, todo mundo sabe que dios está muerto. No hubo velorio, ni discusión, su cuerpo nunca se vio, ni sus cenizas. Sin embargo, el puesto sigue vacante.
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