No es fácil andar a ciegas, ni andar a plena luz del día. Resulta menos difícil andar de noche.
En ocasiones me arrastro, seguro del camino en el que ando. En otras tantas, me quedo esperando de pie junto al semáforo. Las personas se acercan, me preguntan si pueden ayudarme en algo; yo sólo callo. No hay nada que se pueda hacer más que esperar.
Como es costumbre, me siento en alguna banca del parque que está de camino. Algunas mascotas se acercan a olfatearme, algunas aves a picotearme, algunas gentes me miran desde lejos. No puedo devolverles la mirada. No falta quien me acuse de estar perdido; de solicitar mi nombre para buscar un familiar. Me ven viejo, decrépito. No falta quien me crea amigo.
La verdad es que me siento en la banca esperando la muerte. Morir en casa sería demasiado funesto; además, a veces desconozco mi cama, mis muebles, mi casa. Todo se siente ajeno ahí. Por otro lado, aquí todo es tan familiar, aún la gente que me desagrada la siento tan cercana. Los animales como si fueran míos... Ya no sé lo que digo.
Nunca imaginé extrañar el ruido, el bullicio, las multitudes.
Nada de esto existe, ni siquiera puedo afirmar que yo existo. Por qué ahora pienso tanto en ello, por qué hoy hace tanto frío, por qué hoy que todo es tan obscuro, en mis ojos no hay luz suficiente para advertir la vida... ¿y la muerte?
No sé lo que digo.
¿Ya habré muerto o el mundo habrá desaparecido?
Más vale seguir caminando.
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