La noche es fría y lluviosa.
Mis huesos helados presagian
una visita maldita y ponzoñosa.
Acuden a mi puerta viejos fantasmas,
adornados con ópalo y perlas brillantes.
En lo más oscuro de sus fúnebres almas
portan penas siempre avasallantes.
¡Aléjense de aquí!, les grito,
temeroso, oculto desde la ventana.
Parecen no escuchar y continúan su rito.
Han logrado entrar y sus lamentos
son cada vez más cercanos.
No siento el cuerpo y me tiemblan las manos.
Ahora, han subido las escaleras
y solo una habitación nos separa.
No sé si vienen más desde las afueras,
solo el destino sabe lo que me depara.
Puedo verlos, se encuentran frente a mí,
sus ojos tristes y vacíos se alimentan de mis esperanzas.
Me recuerdan un pasado oscuro y sus viejas añoranzas.
Los fantasmas que me visitan,
enemigos que surgen de la oscuridad,
no solo antiguas agonías suscitan,
pues también me recuerdan cierta necedad
que me orillaba a hacia la decadencia,
y más de una vez me engañó sobre el amor.
¿Cuándo parará esta dolencia,
y cuándo podré exorcizar los fantasmas y su dolor?
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