Los hombres me cotejan
con las flores a las que doy vida,
como si solo cobraran importancia
cuando les arrebatan la vida
y las obsequian.
Su vanidad les impide aceptar que
algo tan bello y natural
no pudiera ser producto de ellos.
Pese al gran ingenio que ostentan tener,
aquello que crean está siempre
destinado a destruir la vida.
Se jactan de ser “civilizados”, pero
olvidan que sin la bondad de Prometeo,
aún vivirían en las cuevas y se arrastrarían
en la miseria. Padecerían por el frío y
serían devorados por las “bestias”
y su propia raza.
Me desestiman a mí,
la progenitora de todas las flores,
creadora de los pétalos
de rosa y violeta que según
Lampridio extinguieron el aliento
de los invitados del banquete de Heliogábalo.
A mí, una de las diosas de la fertilidad
y de la primavera, estación a la que se
le dedican las Floralias,
fiestas celebradas en mi nombre
que solo buscan satisfacer
los placeres mundanos
de los hombres mortales.
Donde las mujeres son
despojadas de su humanidad:
las prostitutas, esclavas relegadas del Imperio
en su mayoría, bailan y pelean desnudas,
mientras los desgraciados animales son
sacrificados en nombre de los dioses.
Los humanos desdeñan las formas
de vida que consideran inferiores.
El antropocentrismo se nutre de
la naturaleza, al mismo tiempo que la extingue.
Pese a que alimento a los hombres
con los frutos y granos que brotan
cuando los campos florecen,
aunque la miel y las semillas a ellos ofrecí,
me deseaban por mi belleza y virginidad:
ante sus ojos soy un objeto que satisface
sus necesidades terrenas.
He sido relegada a la satisfacción y servidumbre,
víctima del abuso y la violación.
Céfiro, el viento del oeste,
a quien ahora llaman mi esposo,
me secuestró, creyó que podía
poseerme y despojarme de mi libertad.
Cuando aún era una ninfa me vio paseando
jubilosa por el campo durante la primavera.
De inmediato advertí sus maliciosas
intenciones y procuré escapar,
pero él era más fuerte y veloz.
Su hermano Bóreas, el viento del norte,
como si tuviera la facultad de
decidir sobre mi propia vida,
le otorgó el derecho de retenerme
y en seguida nos casamos.
Para compensar sus ofensas me fue otorgado
el reino de las flores, campos y jardines.
Aquel lugar de la eterna primavera,
en donde los hombres aseguran que soy feliz,
no solo resucitan las flores diariamente,
también es la reafirmación de mi cautiverio;
galardón de la vanidad y arrogancia de Céfiro,
prisión que me marchita y esclaviza.
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Botticelli (hacia 1485). El nacimiento de Venus. Flora se encuentra en la parte izquierda de la composición, acompañada por Céfiro.
Foto: Google Art Project.
Foto: Museo del Prado.
Adriaen Van der Werff (1696). Flora con querubines esparciendo flores.Foto: Museumslandschaft Hessen Kassel.
Alexander Roslin (Siglo XVIII). Flora.Foto: Museo de Bordeaux.
Jean-Marc Nattier (1742). Madame Henriette como Flora.Foto: Corel Professional Photos CD-ROM.
William-Adolphe Bouguereau (1875). Flora y Céfiro.Foto: Desconocido.

Foto: Colección privada.




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