⎯"¿Qué puedo darte yo sino la tierra?", leí alguna vez del poeta Jaime Sabines ⎯dijo Federico.
Cuesta tanto, pero de verdad tanto, el hecho de sentirse enloquecido por sus ojos, sus manos, sus cabellos, sus largas piernas, su armoniosa voz, sus pechos, su extensa espalda, su silencio, su temor, su error, su sonrisa, su deseo, su erotismo, su valor, su sexo y su olvido.
De verdad cuesta entender que le brinda un mundo de letras que se rompen, de hojas que no se quebrantan y de un amor inagotable.
El amor de Federico era un vals a plena luz de Luna, deseoso amor, ansioso amor, dulce amor, solitario amor. Dependía directamente de la presencia de su amada; de la mano de su amada creaba vuelos eternos por jardines llenos de rosas, largos poemas en alabanzas a su amada y concebía lo más puro y bello de su palabra.
⎯Eres mi única palabra ⎯se repetía a solas, deseoso de su amada.
《Quisiera conservar mi amor y tu amor entre pétalos jóvenes, entre besos espontáneos, caricias suaves, y miradas dividiendo cada capítulo de amor. Quisiera conservarte, conservarme, para la creación del amor, creación magnífica, florida, armoniosa y suficiente.
《Soy cultivo de tu amor, sustentado por la luz de tus ojos, el calor de tus brazos y el agua de tu boca. Quisiera albergar contigo un sitio de eternidad: un abrazo, un beso, un recuerdo, un olvido, un mundo, un cuerpo, una hoja, un poema, una palabra… una flor.
Federico posaba su amor en la cima de una montaña llena de tulipanes, de rosas infinitamente hermosas. Parecía elevarse hasta un peñasco la figura de su amada.
⎯Te alucino mujer, en los lagos escucho tu risa, en el viento corre tu cabello, en la noche destellan tus ojos como lúcidas estrellas, durante el día tus manos y brazos me acogen de manera cálida, dulce y al irte, en tus labios, la muerte sabe mejor.
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