En el silencio de una noche, Ángela paseaba con el recuerdo de su amada en el labio.
⎯¿Qué podré hacer?⎯decía⎯para que su familia me acepte, pues si de amor nuestras almas juntas suelen volar, qué mejor que volasen juntas en la gloria de la eterna alabanza.
Al llegar a su casa, su madre tenía preparada la cena. Con un gusto desbordante en el rostro le adelantaba una noticia: la próxima llegada del Conde de Río Vago para la cena. Ángela muda de sorpresa corrió a su cuarto. El sollozar era doloroso y rompía las paredes de su amor: estaba por casarse con un extraño gracias a la promesa de un padre casi olvidado.
⎯Mi padre prometió mi futuro, cuando yo apenas aparecía. Ahora él se ha marchado y yo cargo con la desgracia de sus promesas vacías, pero que se cobran con cuantiosa valía.
Conocer al Conde era la pieza faltante.
Se preparó y fue al comedor. Un joven apuesto con una mirada palpitante le pidió que se adelantara de la puerta oscurecida para poder saludarle sin misterio. Siempre obedeciendo su carácter de realeza.
Ella en silencio, pasó de largo y soslayo la indicación que asombro a aquel minúsculo Conde. Se sentó de inmediato. No probó bocado, su pensar acompañaba el recuerdo de Rosa.
Aquella cena corrió sin prisa. Ángela estaba ausente, por lo que el tiempo no fue tropiezo, sin embargo, los problemas eran las preguntas relacionadas a la reacción de Rosa:
“¿Cómo le diré a Rosa? ¿Cómo romper nuestro amor sin tentar siquiera otra posibilidad?”
A la mañana siguiente corrió tan lejos como fue posible. Llegó a un camino sin rastro, sin señales aparentes.
Pensando que escapar del campanario resolvería la problemática en casa, en su corazón, en la promesa falsa.
Cerca de un río dejó caer su camisón, el río cambio de color y la promesa por siempre se acabó.
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