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Una década de tu ausencia

 

Una década de tu ausencia

Anahi Santana

Yo tengo un sentimiento vagabundo y voy a seguir tus pasos por el mundo. Y aunque tú ya no estás aquí, te sentiré por la materia que me une a ti.¹

No puedo creer que hayan pasado diez años de que te fuiste. Siendo sincera, recuerdo el día en que te marchaste como si hubiera sido ayer, y el día antes de que pasara. Era apenas una niña de 10 años; un día antes de que te fueras te sentías mal, mi mamá y mis hermanas estaban contigo, ellas rezaban por ti para que mejoraras, yo sentí algo en el pecho, ¿fue un presentimiento? Corrí al cuarto de mamá y llorando me decía a mí misma que lo que sentía no podía ser cierto, ¡sentía que ya ibas a morir! Recuerdo que lloré mucho y decidí no pensar más en eso porque de manera indirecta lo estaba “decretando”.

Al otro día, lunes 6 de septiembre de 2010, sonó la alarma, y, como de costumbre, mamá se levantaba a las 6:00 a.m. a prepararme el desayuno (yo despertaba media hora después). En eso se escuchó un grito profundo por parte de ella: “¡Niñas!”, exclamaba desesperada. Al escucharla desperté en seguida, sabía que para nada era algo bueno, por lo que, mis hermanas y yo bajamos rápido.

Mamá estaba en shock y desesperada, ella nos explicaba que habías dejado de respirar y que tu temperatura corporal estaba helada, no lo podíamos creer… Te habías marchado… ¿para siempre?

Mamá estaba sentada en el sofá, ella sollozaba y gritaba: “¡¿Por qué?!”, mientras golpeaba el sillón con desesperación. Le dolió mucho que te fueras así, habían compartido muchos años juntos. Los familiares que se encontraban ahí trataban de tranquilizarla, yo sólo la observaba, todavía no podía creerlo, ni siquiera tenía una lagrima en mi rostro.

Una de mis hermanas me preguntó si me encontraba bien, le dije que sí, pero segundos después corrí a mi habitación a procesar todo, incluso llegué a pellizcarme porque sentía que era una pesadilla. Me empecé a culpar también porque sospechaba que lo que había pensado la noche anterior tuvo que ver con tu muerte.

Fue un proceso muy complejo, era mucho para una niña de 10 años. Sé que no teníamos la mejor relación, y esa fue una de las cosas que más me dolió, que pude haber aprendido mucho de ti, pero siempre te rechacé. Me diste una de las más grandes lecciones a esa edad: valorar lo que tenemos antes de que sea demasiado tarde.

Padre, hoy te escribo diez años después, al final puedo decir que no te fuiste para siempre, ya que, una parte de ti está dentro de mí. Estás conmigo es cada paso que doy. He aprendido mucho de tu muerte, me hizo crecer e inspirarme a dar lo mejor de mí y a hacer de este mundo un lugar mejor. Me has enseñado muchas cosas y a practicar el desapego en mi vida, porque sólo tenemos una vida. ¡Hay que hacer todo aquello que nos genere placer!

Mi madre también aprendió mucho de ti, ella se convirtió en una mujer muy segura de sí misma y sin miedo. Es el mejor ejemplo de que no se necesita de nadie para salir adelante, dado que, a partir de tu muerte, ella no volvió a interesarse en otra persona, y hemos podido salir adelante.

Te recordamos con cariño y esperamos que tu proceso en el otro plano sea grato. Gracias por todo, papá, nos volveremos a encontrar.


¹ Carlos Sadness, 2019, Semilla Negra.


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