Astaná, 16:45.
«En el carril número ocho Badr Eljal, representando a la Unión Árabe del Oeste». La voz robótica anunciaba al competidor mientras entraba por la puerta de los ITN (Intervención Tecnológica Nanorrobótica). Sus iris brillaban de un color amarillo incandescente, las pupilas eran traslúcidas de color gris. Si alguien miraba sus ojos con detenimiento se podía observar a través de ellos un cerebro conectado a algunos tubos de plástico grueso.
Su piel morena y muy tersa no era de tejido epitelial. Era una capa muy delgada compuesta por látex y silicona tintada. No tenía cejas ni pestañas, su mentón era cubierto por una barba tupida. Badr medía 1.82 metros y pesaba 68 kilos. Los laboratorios procuraban integrar componentes cada vez más ligeros para aumentar la velocidad en los ejercicios aeróbicos.
En el 2056 comenzó a legalizarse en los países más industrializados la intervención tecnológica y química en humanos para aumentar su rendimiento físico. Algunos países menos desarrollados generaban tecnología clandestina cuya integración en seres vivos no era completamente segura. Otros importaban tecnología barata en mal estado a los países desarrollados y la intervenían.
Por esa razón, los deportistas que participaban en el Torneo de Soloviov debían presentar un informe de sus componentes, su lugar de origen y una muestra que pudiera ser revisada en los laboratorios. Las pruebas eran extensas; debían comprobar que no pusieran en peligro la integridad física de los participantes. También se aseguraban de que eran adecuados para el tipo de prueba.
Badr llegó a su estación mientras el público lo aclamaba. Hacía poco la Confederación Libre de los Estados de América del Norte había anexado algunos integrantes de la antigua Unión Autónoma de Oriente. Era la primera vez que competían deportistas provenientes del Sector del Oriente Medio. Era uno de los favoritos para ganar la medalla de oro, pues en las pruebas anteriores había demostrado un gran rendimiento. Además, el exotismo de su apariencia intrigaba la curiosidad de los espectadores mayormente blancos.
Cuando al fin se anunciaron a todos los competidores, los periodistas se acercaron a las estaciones de los deportistas para realizar algunas entrevistas cortas. El objetivo de las preguntas era dar conocer la marca, las actualizaciones y mejoras de los componentes de cada participante. La estación de Badr fue la más concurrida; representaba a Orientec, un laboratorio recién abierto que producía algunos de los artefactos más sofisticados.
Después de cinco minutos se anunció el fin de las entrevistas. Los medios retomaron sus asientos en las primeras filas y la voz robótica informó que la prueba de natación libre de 400 metros estaba a punto de iniciar. Durante los cuestionamientos Badr había mostrado una gran seriedad, la mayoría de sus respuestas habían sido monosilábicas. Algunas veces enunciaba oraciones más largas casi inaudibles.
Los competidores se posicionaron en pequeños trampolines de metal brillante. Parados con el torso hacia enfrente y las manos apuntando al agua esperaron las órdenes de la voz. Las cámaras de la inteligencia artificial se alistaban para registrar la velocidad de los nadadores. Todo permanecía en un silencio casi antinatural, los gritos del público cesaron. Solo se escuchaba un ligero zumbido que provenía de los órganos internos de los deportistas.
«Tres … dos … uno … ¡YA!».
Todos saltaron. Cuando el sonido del impacto de los cuerpos impactando con el agua rompió el silencio, una explosión de sonidos se expandió por el estadio. Los adultos y niños expresaban su apoyo a través de gritos intermitentes. Los medios cronicaban lo que ocurría segundo a segundo con una gran emoción. Al inicio los nadadores se impulsaban moviendo las piernas de arriba hacia abajo. Después de los 50 metros comenzaron a utilizar los brazos.
Las gorras de natación aparecían y desaparecían por encima del agua asimétricamente. Torsos y brazos sobresalían a ratos produciendo sonidos mecánicos. Al llegar al extremo de la piscina de 100 metros de largo, daban una pirueta por debajo del agua y avanzaban de espaldas. En la tercera vuelta ya se notaba la calidad de los componentes. De los 10 competidores solo cuatro se mantenían a la cabeza, entre ellos Badr.
Para poder participar en el torneo era necesario tener al menos un 40% de materia orgánica en el cuerpo. Los deportistas con más intervenciones apenas reflejaban cansancio. Casi no sacaban la cabeza para respirar y avanzaban a una velocidad media de 16 kilómetros por hora. Badr perdía velocidad, los otros tres comenzaban a dejarlo atrás.
En un momento de desesperación tomó una cápsula con algunos nanobots, algo que el Real Consejo Deportivo permitía bajo previa evaluación. Su velocidad aumentó significativamente y pronto alcanzó la primera posición. El agua comenzó a calentarse, pequeñas burbujas se formaban alrededor del cuerpo de Badr. Bajo su piel sintética brilló un color rojo intenso.
La piel comenzaba a desgarrarse, sus músculos eran de color magenta con algunas incrustaciones plateadas (estructuras nanorrobóticas que facilitaban la función motriz). La inteligencia artificial registró una temperatura corporal mayor a los 110 grados centígrados. «¡Detengan la carrera! ¡Detengan la carrera!». Nadie le prestaba atención.
Sus músculos presentaron desgarraduras pero poca sangre brotó de las heridas; al parecer los nanobots detenían el flujo. El agua comenzó a filtrarse más allá de sus músculos. Había un gran daño en núcleo del cerebro, los cables se habían desconectado. Badr no se detenía, unos segundos antes había perdido la conciencia. Los componentes originaban el movimiento, era preso de las partículas metálicas de su cuerpo.
Cuando por fin el agua entró a lo más profundo de su núcleo, hubo un corto circuito que se desplazó por el resto del líquido. Todos los competidores se detuvieron al instante: murieron. La gente comenzó a gritar, fueron desalojados los 170,000 espectadores que se encontraban en el estadio. Después de unos segundos el cuerpo de Badr explotó. De las profundidades surgió un domo que cubrió rápidamente la piscina.
De ningún cuerpo quedó rastro, todos se evaporaron.
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