Un día, sin esperarlo, no regresarías.
Todas nuestras pláticas perdurarían solo
en nuestras memorias huidizas.
Aquel recuerdo de tu dulce voz
sería borrado por los lacónicos días.
Al notar tu ausencia mi cuerpo te buscó;
yo sabía que nunca te volvería a ver,
pero ¿cómo le explicaba a mis manos,
que tu bruñido tacto nunca volverían a encontrar?
Mis ojos se aferraban a ver tu sacro rostro.
¿Cómo le explicaba a mi solitario corazón,
que su latido ya no encontraría eco?
Repentinamente todos los espacios
comenzaron a sentirse abismales.
Un tacto frígido perpetuó en mi piel.
Mi mente se resignaba a olvidarte, pero mi cuerpo te buscó…
Busqué tu fragancia entre mis ropas,
esperando encontrar los restos pútridos de nuestro último abrazo.
Escudriñé infinitamente tus indiferentes palabras,
pero ya eran dirigidas hacia alguien más.
Te busqué en cada nube que surcaba el cielo,
conté cada grano de arena en la playa;
y cada grano de sal en el mar.
Entre los pétalos de las flores también busqué;
en el sublime canto de la aves;
en el abrasador brillo de las estrellas.
Pero…
Ahora te dejabas llevar por el viento hacia otros rumbos.
Las olas revolvían todo de nuevo en una masa indisociable.
El polen de tu esencia estaba cautivo en un jardín secreto.
Me despertaban los rayos del sol.
Las estrellas desasistieron los cielos.
Y te busqué por todos lados,
pero ya en ninguna parte te encontré.
Mi cuerpo rendido aceptó su derrota,
comprendió que ya no eras parte de él,
y ese día, algunas heridas desaparecieron.
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